Las virtudes teologales: la fe 1/7
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- Categoría: Las virtudes fundamentales
Comenzamos este bloque de «Un ancla en la tormenta» examinando las virtudes teologales, que recibimos como don gratuito en el bautismo, y sin las cuales no podremos alcanzar nuestra meta de ser santos. D. Tomás Trigo Oubiña —doctor en Teología Moral, especializado en las virtudes, y profesor jubilado de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (Pamplona, España)— explica que la virtud teologal de la fe, una de «Las virtudes fundamentales», se basa en un testigo en quien podemos confiar: Dios mismo. Es una iniciativa divina, a la cual cada hombre debe responder, asintiendo a la verdad revelada por Dios en la persona de Jesucristo. Esta disposición de apertura es esencial y solo se da cuando uno la quiere tener y humildemente acepta creer en lo que no entiende, pues la fe es un misterio que no se agotará por la inteligencia humana. Por último, recorrerá las características de la fe, que son su universalidad, su necesidad para la salvación, y su orientación hacia la caridad, sin la cual está muerta. Teniendo tan grandes tesoros en vasijas de barro, debemos cultivar nuestra fe, buscando oportunidades para formarnos, sobre todo en la familia y con el Catecismo de la Iglesia Católica.
Último podcast
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En este penúltimo programa de «Un ancla en la tormenta», el Prof. Ricardo Ruiz de la Serna, profesor de Historia del Mundo Actual en CEU San Pablo (Madrid, España) y autor del libro «El genocidio armenio», nos hace esta pregunta: ¿Cómo se termina un genocidio? Veremos los acontecimientos más relevantes que llevaron al final del genocidio, como la batalla de Sardarapat (1918), el incendio de la ciudad de Esmirna (1922) y la integración de la República Democrática de Armenia en la Unión Soviética. Aunque se ha preservado la memoria de la tragedia entre las comunidades armenias, quedan grandes sombras que pesan sobre el genocidio, sobre todo la impunidad de los responsables, la falta de restitución por las pérdidas de la Armenia histórica, y la destrucción del patrimonio cultural —y por tanto, de la memoria del pueblo armenio—. Aunque las prácticas genocidas serán reflejadas en el Holocausto de los judíos poco después, «El genocidio armenio» se distinguirá por los daños sucedidos y nunca recompensados, quedándose así «congelado en el tiempo».
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