
Los santos nos invitan a elevar la mirada «Hacia lo Alto», hacia el Cielo, hacia Dios. Nos invitan a no quedarnos en lo que el mundo nos ofrece, sino a poner nuestro corazón en los bienes eternos y verdaderos. La subida a esta cima puede costarnos esfuerzo, pero merece la pena. Los Siervos y Siervas del Hogar de la Madre nos presentan en este programa las vidas de aquellos que ya han alcanzado la meta y que nos invitan a mirar «Hacia lo Alto».
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San Maximiliano vivió completamente enamorado de la Virgen, amándola y haciendo amar a aquella a quien ofrecía cada día toda su vida. Siendo sacerdote franciscano fundó la Milicia de la Inmaculada y propuso a todos sus miembros llevar la medalla de la Milagrosa, arma más fuerte que cualquier bala que pueda uno tirar contra el enemigo para vencerle. Un santo que murió dando su vida por caridad en el campo de concentración de Auschwitz tiene mucho que enseñarnos hoy. No te pierdas su historia en «Hacia lo Alto», de la mano de Marta del Pilar Calandra.
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En este «Hacia lo Alto», la Hna. Anna Riordan —Sierva del Hogar de la Madre— nos presenta la vida de san Juan Bosco, proclamado por el papa Juan Pablo II como «padre y maestro de la juventud», pues dedicó su vida a la gran labor pedagógica y apostólica de los jóvenes. No hay duda de que san Juan Bosco tenía un alma profundamente eucarística y fue precisamente eso lo que le dio la fuerza para fundar la gran obra que hoy conocemos como «Familia Salesiana». Puede decirse que los pilares de su obra fueron la Eucaristía y la Santísima Virgen María. Animaba a los jóvenes a la confesión y comunión frecuente y los exhortaba diciéndoles: «No hay felicidad más grande en esta tierra que la que suscita la comunión bien hecha». Y añadía: «No hay nada que tema más el demonio que estas dos cosas: una comunión bien hecha y las visitas frecuentes al Santísimo Sacramento. ¿Queréis que el Señor os dé muchas gracias? Visitadle a menudo. ¿Queréis que el Señor os dé pocas? Visitadle pocas veces». Al morir, estas fueron sus últimas recomendaciones: «Propagad la devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora y veréis lo que son los milagros. Os espero en el Paraíso».
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En este «Hacia lo Alto», el P. Félix López —superior general de los Siervos del Hogar de la Madre—, nos recuerda que Jesús Eucaristía, presente en la Santa Misa, es el Pan vivo bajado del cielo que hace germinar las santas vocaciones. El primer signo de la vocación religiosa en la vida de santa Isabel tuvo lugar el día de su primera comunión. Tres años después se dio otro acontecimiento decisivo: «Durante la acción de gracias, me sentí irresistiblemente impulsada a escoger a Jesús como único esposo; y, sin más dilaciones, me uní a él por el voto de virginidad». A partir de este hecho trascendental, se acentúa en ella la vocación al Carmelo; sin embargo, es a los 17 años cuando se lo comunica por primera vez a su madre, la cual no se manifestó muy favorable a sus propósitos y procuró distraerla en la vida social de Dijón. Isabel viajó, practicó la música, la danza, hizo amistades y tuvo ofertas de matrimonio, pero nada de eso sació su sed de Dios. Finalmente, viendo la realidad y autenticidad de la vocación de Isabel, su madre le brinda el beneplácito para ingresar en el Carmelo a los 21 años de edad.
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En este «Hacia lo Alto», la Hna. María Fra —Sierva del Hogar de la Madre— nos presenta la vida de santa Gema Galgani, un alma que se destacó por su gran devoción a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su amor profundo por la Eucaristía y los pecadores. Desde muy pequeña, Gema mostró signos de santidad y el Señor le concedió muchas gracias místicas. Podía ver y dialogar con el Señor, Nuestra Madre y su ángel de la guarda. También poseía los estigmas de la Pasión. Para santa Gemma, la Eucaristía era el centro de su vida, y recibirla era el anhelo más grande de su corazón. A los nueve años, después de dos largos años de espera, santa Gema pudo recibir la Primera Comunión en la fiesta del Sagrado Corazón. Lo vivido aquel día lo describe de esta manera: «En ese momento comprendí que las delicias del cielo no son como las de la tierra. Hubiera anhelado no interrumpir nunca aquella unión con mi Dios». Es a raíz de la primera comunión cuando se despierta en ella el gran deseo de ser religiosa y un ardiente anhelo de padecer y ayudar a Jesucristo a llevar la Cruz para la salvación de las almas.
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En este «Hacia lo Alto», el P. Félix López —Superior general de los Siervos del Hogar de la Madre—, nos presenta la vida de santa Isabel de la Trinidad, carmelita descalza nacida en Francia en el siglo XIX. El primer momento eucarístico en la vida de santa Isabel fue su Primera Comunión. En una carta, dos años antes, ya le hablaba a su madre del deseo y las ansias que tenía de recibir a Jesús sacramentado, lo cual nos revela la profundidad del alma de esta niña. Recibió la Primera Comunión a los once años y reconociendo el gran don que Jesús hacía de sí mismo, exclamó inflamada de amor: «Ya no tengo hambre, Jesús me ha saciado por completo». Esta plenitud que el Señor dará a su alma pronto empezará a reflejarse en su comportamiento y en su creciente vida de gracia.
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En este «Hacia lo Alto», la Hna. Teresa Mª Pérez —Sierva del Hogar de la Madre— nos presenta la vida de Fernando III el Santo, uno de los reyes más relevantes de la historia de España, en el marco del glorioso siglo XIII, el Siglo de Oro de la Cristiandad, el siglo de las cruzadas. Hombre de gran piedad, procuró la unión con Dios y cultivó una profunda devoción eucarística. Fue precisamente gracias a ese diálogo e intimidad con el Señor como comprendió que Dios le pedía reconquistar los territorios que habían sido invadidos por los musulmanes y restaurar así la España cristiana. Dedicó toda su vida a esta misión, consciente de que era un «Caballero de Jesucristo», «al servicio de Jesucristo».
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En este «Hacia lo Alto», la Hna. Elizabeth Wieck —Sierva del Hogar de la Madre— nos presenta la vida del famoso jesuita P. Segundo Llorente, misionero en Alaska. La Alaska del P. Segundo Llorente estaba poblada por pequeñas comunidades indígenas aisladas y algunos escasos colonos. Vivió allí por más de cuarenta años y todo ese tiempo lo dedicó incansablemente a llevar el Evangelio a los esquimales y a transmitirles su profundo amor a Jesús Sacramentado. Pasaba las largas horas del invierno polar junto al Sagrario, sumido en profunda oración, a la vez que procuraba demostrar su amor al Señor de muchas maneras creativas. Un día escribió: «Estar aquí, a solas con Él, en este silencio de la tundra, es un privilegio que no sabe uno como agradecer».
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En este «Hacia lo Alto», el Hno. Joaquín Rauer —Siervo del Hogar de la Madre— nos presenta la vida de San Juan María Vianney, más conocido como el «Santo Cura de Ars», un santo sacerdote que, a imagen del Buen Pastor, dio la vida por sus ovejas. Ars era un pequeño pueblo del sur de Francia que sufría de una gran pobreza espiritual. Su gente era fría en la fe y estaba arraigada en muy malas costumbres, como el trabajo dominical, las blasfemias y las fiestas. Así que, buscando la salvación de todos sus feligreses, dedicó largas horas a la oración y a la penitencia. Se distinguió, especialmente, como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual, así como por su gran amor a la Eucaristía, que era el centro de su existencia. Enseñaba a sus feligreses la importancia del Sacrificio del Altar y, enardecido de amor, exclamaba: «Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios. Si se supiera lo que es la Misa, moriríamos de amor».
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En este «Hacia lo Alto», la Hna. Emma Haynes —Sierva del Hogar de la Madre— nos recuerda que la vida de santa Juana de Arco, también conocida como la Doncella de Orleans, no fue solo la vida de una valiente heroína, sino la vida de una santa eucarística elegida por Dios para llevar a cabo la restauración de la corona francesa en la Guerra de los Cien Años. Para llevar a cabo esta misión, el Señor la fue preparando ya desde muy pequeña, precisamente desde su Primera Comunión. Santa Juana exigía a su ejército una intensa vida cristiana, hasta el punto de que, al soldado que no se confesara, no le permitía entrar en batalla, y en el campamento todos asistían a misa diaria. Antes de morir, de forma no previsible, la providencia permitió que recibiera el Viático.
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En este «Hacia lo Alto», el P. Félix López —Superior general de los Siervos del Hogar de la Madre— nos recuerda con la vida de Santa Teresa del Niño Jesús, que estamos llamados a la oblación de toda nuestra vida con Jesús Eucaristía. Santa Teresa se encuentra con la enfermedad una noche del jueves al viernes, después de acostarse siente como un borboteo de algo que le viene a la boca, y a la mañana siguiente ve que aquello fue sangre. Es diagnosticada de tuberculosis y ve la enfermedad como un regalo de su Divino Esposo Jesús. A lo largo de este tiempo de enfermedad va desarrollando un espíritu eucarístico, un espíritu oblativo por amor a Jesús y por la salvación de las almas, especialmente por los sacerdotes. Santa Teresa es movida por Dios a ofrecerse a Él para recibir el amor que los hombres no quieren recibir. Dios acepta este ofrecimiento a través de su enfermedad.
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