
Los santos nos invitan a elevar la mirada «Hacia lo Alto», hacia el Cielo, hacia Dios. Nos invitan a no quedarnos en lo que el mundo nos ofrece, sino a poner nuestro corazón en los bienes eternos y verdaderos. La subida a esta cima puede costarnos esfuerzo, pero merece la pena. Los Siervos y Siervas del Hogar de la Madre nos presentan en este programa las vidas de aquellos que ya han alcanzado la meta y que nos invitan a mirar «Hacia lo Alto».
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San Maximiliano vivió completamente enamorado de la Virgen, amándola y haciendo amar a aquella a quien ofrecía cada día toda su vida. Siendo sacerdote franciscano fundó la Milicia de la Inmaculada y propuso a todos sus miembros llevar la medalla de la Milagrosa, arma más fuerte que cualquier bala que pueda uno tirar contra el enemigo para vencerle. Un santo que murió dando su vida por caridad en el campo de concentración de Auschwitz tiene mucho que enseñarnos hoy. No te pierdas su historia en «Hacia lo Alto», de la mano de Marta del Pilar Calandra.
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En este «Hacia lo Alto», la Hna. Anna Riordan —Sierva del Hogar de la Madre— nos presenta la vida de Jacques Fesch, joven francés condenado a pena capital por el asesinato de un policía. En el corredor de la muerte, encuentra a tres personas que serán cruciales en su conversión. En el redescubrimiento de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, Jacques llega a experimentar un gran deseo de ser oblación y víctima del Amor Misericordioso de Dios. Allí, en la cárcel, recobra su dignidad de hijo de Dios. Muere en la guillotina el 1 de octubre de 1957, en la fiesta de una gran santa que le ayudó mucho en sus últimos días: Santa Teresita del Niño Jesús.
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En este «Hacia lo Alto», el P. Félix López —superior general de los Siervos del Hogar de la Madre— nos habla del amor con que debemos corresponder al AMOR. Y nos lo recuerda con la vida de san Manuel González, conocido como «el obispo de los sagrarios abandonados» y su apostolado. Don Manuel fue destinado a una parroquia en la que Dios no era el centro de la vida de sus fieles. Él mismo fue recibido por los niños a pedradas. Pero el amor que don Manuel tenía por la salvación de las almas, terminó por conquistarlos para Jesucristo. Don Manuel pidió a un grupo de señoras fieles en la parroquia que acompañaran al más abandonado de todos, a Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar, dando inicio así a grupos de adoración y reparación eucarística.
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En este «Hacia lo Alto», la Hna. Anna Riordan —Sierva del Hogar de la Madre— nos presenta la vida de Anne de Guignè, una niña que voló al Cielo con solo once años. Dios permitió que, al ver la profunda tristeza de su madre tras la muerte de su padre, Anne empezara su conversión. Preguntó a su madre cómo podía consolarla. Ella respondió que tenía que ser buena. Dios se valió del amor de Anne por su madre para que empezara a esforzarse por ser humilde y obediente, pues, ya a los cinco años, Anne sabía que el orgullo y la desobediencia eran sus defectos dominantes. Su primera comunión fue un paso muy importante para conocer a Jesús, amarle y seguirle. Su madre comentó en alguna ocasión que «seguramente Anne no hubiera podido luchar contra sus defectos dominantes —el orgullo y la desobediencia— si no hubiera sido por la Eucaristía». El amor a la Eucaristía la llevó a esforzarse por hacer la voluntad de Jesús, sin poner como excusa su corta edad y su enfermedad.
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En este «Hacia lo Alto», el P. Félix López —superior general de los Siervos del Hogar de la Madre— nos recuerda que san Francisco de Asís fue un enamorado de Jesús Eucaristía, por quien dejó su vida de comodidades para seguir a Cristo pobre, Cristo casto, Cristo humilde y obediente. El Señor le habló al corazón diciéndole: «¿Qué es mejor, servir al siervo o al maestro?». San Francisco respondió: «Al maestro». Jesús respondió: «¿Y por qué te empeñas en servir al siervo?». Y mostrándole esta verdad de su ser, le llamaba a reparar su Iglesia, pues «amenazaba ruina». La realidad de la presencia de Jesús en la Eucaristía fue la fuerza de san Francisco para dejarlo todo y seguir al Señor hasta verlo cara a cara, en el Cielo, para siempre.
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En este «Hacia lo Alto», la Hna. María Fra —Sierva del Hogar de la Madre— reflexiona acerca de la vida de san Tarsicio, jovencísimo mártir de la Eucaristía. San Tarsicio vivió en una época de persecución religiosa en la que los cristianos arriesgaban su vida para poder recibir a Jesús en la Eucaristía. Fue llamado al martirio cuando el Papa Sixto aceptó su ofrecimiento de llevar la Sagrada Comunión a los cristianos encarcelados a causa de su fe. Acorralado por otros muchachos que, por curiosidad e intuyendo el tesoro que Tarsicio custodiaba, intentaron quitarle a Jesús Eucaristía, murió bajo sus golpes. Pero la fuerza de Dios triunfó en su testigo, pues su fidelidad en la defensa de la Eucaristía fue heroica y consiguió evitar la profanación. Su ejemplo alentó la perseverancia de otros cristianos que seguían a Cristo por el camino de la Cruz.
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En este «Hacia lo Alto», el P. Félix López —superior general de los Siervos del Hogar de la Madre—, nos recuerda cómo Jesús también se hace presente en la cruz para transmitirnos su amor. Desde el verano de 1903, Santa Isabel de la Trinidad comenzó a tener problemas de salud: se cansaba mucho y tenía frecuentes problemas de estómago. A principios de 1905 la situación empeoró, se sentía agotada, sin fuerzas. Ella no lo sabía, pero padecía la enfermedad de Addison, que por entonces era incurable. A finales de marzo de 1906, Isabel entra en la enfermería del convento. Allí pasará los últimos ocho meses de su vida, viviendo lo que la Madre Germana calificaría como «una auténtica subida al Calvario». El estado general de Isabel fue empeorando, y en sus últimos días apenas podía comer y beber, privándose de recibir la Sagrada Comunión. Este hecho supuso un gran sufrimiento para ella, y desde su lecho experimentó cómo su vida se identificaba con la inmolación que Cristo hacía de sí mismo sobre el altar. A pesar de esta dolorosa situación, ella lo acepta todo de las manos de Dios y escribe en sus cartas: «Por encima de todo, la voluntad de Dios es mi alimento».
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En este «Hacia lo Alto», el P. Félix López —superior general de los Siervos del Hogar de la Madre—, nos recuerda la importancia del don tan excelso del sacerdocio en la vida de la Iglesia y la santificación de las almas. Santa Isabel de la Trinidad mantuvo una ardua correspondencia con varios seminaristas y sacerdotes, a quienes tenía una gran veneración, ya que a través de su ministerio las almas pueden recibir al Señor y ser transformadas en Él. Las 40 cartas que santa Isabel les dedicó son de un gran valor, pues contienen su propia vivencia del misterio de Dios. No pretendió tanto enseñar, sino acompañar y alentar a sus hermanos en su camino sacerdotal. El conjunto de estas cartas revela la profunda inquietud sacerdotal de santa Isabel de la Trinidad, muy similar a la de Teresa de Lisieux. También ella quería transmitirles su experiencia de camino espiritual como medio de evangelización, que se concretó en la vocación descrita por san Pablo: «para ser alabanza de la gloria del Padre».
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En este «Hacia lo Alto», la Hna. María Fra —Sierva del Hogar de la Madre— nos presenta la vida de san Pío X, conocido como el «Papa de la Eucaristía». San Pío X fue elegido Sumo Pontífice en agosto de 1903, siendo Vicario de Cristo hasta su muerte en 1914. El lema de su pontificado fue «Instaurar todo en Cristo», pues con gran espíritu apostólico y celo por las almas defendió la doctrina y disciplina católicas. Ante todo, sus esfuerzos se dirigieron a promover la piedad entre los fieles y a fomentar la recepción frecuente de la Sagrada Comunión. Por dicha razón, mediante el decreto «Quam Singulari», promulgado el 15 de agosto de 1910, recomendó que la Primera Comunión en los niños no se demorara demasiado tiempo después de que alcanzaran la edad suficiente para tener uso de razón, poniendo como único requisito fundamental ser conscientes de que en la Eucaristía estamos recibiendo a Cristo, Dios mismo presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad.
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En este «Hacia lo Alto», el P. Félix López —superior general de los Siervos del Hogar de la Madre—, nos recuerda la presencia viva y real de la Santísima Trinidad en la Santa Eucaristía, misterio que fue exaltado de manera especial en la vida de Santa Isabel, la cual se distinguió por ser profundamente eucarística y trinitaria. A los 19 años, durante unos ejercicios espirituales, recibió la primera experiencia extraordinaria de la «inhabitación trinitaria». En efecto, el carisma que marcará la juventud de esta joven y futura carmelita consistirá en ello, en saberse amorosamente «habitada» por la «Santísima Trinidad». El 8 de diciembre de 1901 la vistieron con el hábito religioso y le dieron el nombre de Isabel de la Trinidad. Su unión con la Santísima Trinidad creció en las profundidades de su alma, y mirando a María aprendió a salvaguardar la presencia del Dios vivo y a hacer cada día la voluntad del Señor con generosidad.
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