Himnos de la liturgia

Himnos de la Liturgia de las horas.

No es lo que está roto, no

No es lo que está roto, no,
el agua que el vaso tiene;       
lo que está roto es el vaso,
y el agua al suelo se vierte.

No es lo que está roto, no,
la luz que sujeta el día;
lo que está roto es su tiempo,
y en la sombra se desliza.

No es lo que está roto, no,
la caja del pensamiento;
lo que está roto es la idea
que la lleva a lo soberbio.

No es lo que está roto Dios
ni el campo que él ha creado;
lo que está roto es el hombre
que no ve a Dios, en su campo.

 

Hora intermedia, Segundo de comunes

La pena que la tierra soportaba

 

La pena que la tierra soportaba,

a causa del pecado, se ha trocado

en el canto que brota jubiloso,

en labios de María pronunciado.


El sí de las promesas ha llegado,

la alianza se cumple, poderosa,

el Verbo eterno baja de los cielos,

con nuestra débil carne se desposa.


¡Oh misterio que solo la fe alcanza!,

María es nuevo templo de la gloria,

rocío matinal, nube que pasa,

luz nueva en su presencia misteriosa.


A Dios sea la gloria eternamente,

y al Hijo suyo amado, Jesucristo,

el que quiso nacer para nosotros

para darnos su Espíritu divino.

Amén.


Laudes, Martes de la IV semana de Adviento

Porque, Señor, yo te he visto

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver;
quiero creer.

Te vi, sí, cuando era niño,
y en agua me bauticé,
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.

Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.

Están mis ojos cansados
de tanto ver luz sin ver;
por la oscuridad del mundo,
voy como un ciego que ve.

Tú que diste vista al ciego
y a Nicodemo también,
filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe. Amén.

Laudes, Martes de la II semana del Tiempo Ordinario

Hoy que sé que mi vida es un desierto

Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón.

Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón.

Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón.

Para que nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón.

Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra
en el desierto de mi corazón.

Laudes, Lunes de la II semana del Tiempo Ordinario

No sé de dónde brota...

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

Vísperas, Domingo de la IV semana del Tiempo Ordinario

Nos dijeron de noche

Nos dijeron de noche
que estabas muerto,
y la fe estuvo en vela
junto a tu cuerpo;
La noche entera,
la pasamos queriendo
mover la piedra.

 

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